En menos de un mes he tenido que decir adiós varias veces y esto me ha recordado que los planes no sirven de mucho. La única certeza que tenemos es hoy y hoy debemos sentirnos agradecidos por los momentos que hemos vivido, todo lo bueno y malo que nos ha pasado, y que, a fin de cuentas, nos ha convertido en quiénes somos.
En ocasiones, decir adiós significa despedirse de recuerdos llenos de significado, de risas y de una existencia plena; en otras, dar la espalda a una vida repleta de sufrimiento y miedo. Lo que está claro es que cuando llega el momento, cuando llegamos al final del camino, solo nos queda aceptarlo con serenidad, con la frente alta y con los ojos abiertos. Porque siempre quedará todo aquello que hemos dejado, nuestras huellas en los lugares que hemos visitado, los sentimientos que hemos creado en las personas que nos rodean y las experiencias que hemos vivido. Irremediablemente, un trocito de nosotros ya pertenece a este mundo para siempre. Y como dice aquella famosa frase "no muere aquello que se recuerda", y por ello hay personas, almas y esencias que jamás han de morir... por mucho que pase el tiempo.
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