Cuando no queda nada que decir es cuando nos dignamos a buscar cualquier cosa que soltar para no soportar ese silencio absurdo, sólido y cínico que nos martillea los oídos. Justo en ese momento rebuscamos en nuestra mente, en nuestros pensamientos y en nuestra memoria. Queremos una salida de emergencia, no pedimos mucho, una simple anécdota que nos hizo reír hasta llorar y a los que estaban a nuestro alrededor también. Nos conformaríamos con una conversación banal en un ascensor sobre el tiempo, incluso con alguna de esas frases comodín que, al menos, nos hacen ganar un poco de ventaja para pensar.
Si tuviéramos más tiempo, seguramente nos desgarraría la necesidad de meter la mano hasta el final del cajón y arrancar del fondo un momento especial, de esos que brillan por sí solos y que aunque ahora no sirvan de mucho... nos proporcionarían paz. Podríamos hacer como que no estamos presentes en el momento físico, pensando en algo importante, sin necesidad de disimular.
Buscamos, buscamos y buscamos tanto que al final no encontramos nada. Nada. Y nos damos cuenta de que es eso lo que tenemos que decir.
-¿Hola?¿Oiga, hay alguien ahí?
Colgué el teléfono. Después me encogí bien en mi chaqueta, me agarré la bufanda y salí de aquella cabina. A pesar del relente y de las gotas de lluvia que colisionaban contra la piel de mi cara, no sentía más frío del que había sentido allí dentro. En la vida real era principios de noviembre, pero su voz siempre lograba transportarme al más frío enero, a una tormenta de nieve tan fuerte que es capaz de cubrir mi corazón de escarcha antes que mis pestañas.
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